No le comentó a nadie los motivos que le impulsaban a avanzar su mano centímetro a centímetro en aquella dirección. Solo sabía que tras analizar y sopesar los pros, los contras y realizar un análisis exhaustivo y pormenorizado con sus respectivos balances, hundió lentamente el cuchillo que tenía entre la manos en el centro de su pecho. No temblaron sus dedos mientras clavaba el ensangrentado filamento, y solo cuando la punta del afilado cuchillo llegaba a los tejidos más internos de sus entrañas, se dio cuenta de una errata en la premisa de todos sus cálculos. Con sus ultimas fuerzas humedeció sus dedos en sangre y lágrimas y dibujo sobre el sucio suelo un pequeño coRazón, pequeño pero lo suficientemente grande para salvarle la vida si hubiera reparado antes en él, la vida que su razón le había arrebatado.
martes 30 de junio de 2009
viernes 3 de abril de 2009
Grandes pasos
En una ocasión conocí a un hombre con los pies exageradamente grandes, tan grandes que tenía que usar zatapones de payaso, para no caminar descalzo. Era absolutamente ridículo verlo caminar por las calles del diminuto pueblo en el que veía y en muchas ocasiones tenía que ir de canto por los callejones para no dañarse los pies.
Había sido visitado por zapateros que le prometieron zapatos que disimularían su defecto, también por médicos que le prometieron pastillas milagrosas que le reducirían el tamaño de sus magnas extremidades, y incluso hubo un cirujano que se comprometió a transplantarle unos pies casi sin usar de un joven noble recientemente fallecido.
Sin embargo los zapatos del zapatero, a pesar de que le estilizaban mucho y casi no se le notaba el defecto pernil, le causaban un dolor atroz en el talón, las pastillas le causaron nauseas al tercer día de tomarlas, y el tono de piel del noble eran muy pálido, y no hacía juego con sus brazos.
Mientras todos sus vecinos se afanaban en intentar ayudarlo a solucionar un problema que para él nunca existió, él con sus pies en el suelo, vivía felizmente andando de canto por los callejones, y vistiendo sus grandes zapatones rojos de payaso.
lunes 29 de septiembre de 2008
Hipocresía
En uno de esos instantes en los que nos perdemos en nuestros propios pensamientos, y durante los cuales pueden estallar torpedos a nuestros pies sin que nos enteremos, el hombre del los ojos azules se percato de la soledad que inundaba el mundo, la fragilidad de las relaciones humanas, la avaricia de esos animales a los que llamamos personas y su propia hipocresía al considerarse un poco más digno de ser persona sólo por el hecho de pensar en ello. Y con la misma velocidad que entro en trance, volvió a la realidad, y no quedó más rastro de este hecho que una ligera linea argumental, que nunca más sería capaz de volver a reproducir en todo su esplendor.
lunes 1 de septiembre de 2008
Relatividad
El horizonte se extiende a lo largo de la playa, cubriendo el mar como una aterciopelada manta. Y así lo contempla todas las tardes el viejo de detrás del Auditorio. Todos los días con una meticulosa rutina, se viste con buen traje, uno tan bueno como su delimitada economía le permite; unos zapatos algo raídos, que abetuna hasta que brillan como recién comprados, y una pluma que siempre adorna su bolsilo, y que tiene mucho más valor sentimental que real. Se peina los escasos y canosos cabellos, y sale a la calle. Su casa no dista más de 4 paradas de guagua de su destino, y con metrado paso, lo recorre sabiendo que aún le queda suficiente tiempo, y no tiene que apresuarse.
A las cuatro en punto se sienta en la escalinata que se esconde tras el Auditorio, y que desemboca en el mar. Y con un aire nostálgico mira al horizonte, y pierde su mirada esperando que lo saquen de sus sueños. Sueña con un mundo que conocío y que se pierde en lo que queda de su memoria, un mundo en el que sus arrugas aun no marcaban su piel, un mundo en el que cabello aún conservaba el color, un mundo en el que ella seguía junto a él.
Sólo cuando la brisa empieza a enfriarse debido a la puesta de sol, el viejo retorna al mundo real, y emprende el viaje de vuelta, dejando en la escalinata su imaginario mundo para el siguiente día esperando que mañana no vuelva a ser hoy.
A las cuatro en punto se sienta en la escalinata que se esconde tras el Auditorio, y que desemboca en el mar. Y con un aire nostálgico mira al horizonte, y pierde su mirada esperando que lo saquen de sus sueños. Sueña con un mundo que conocío y que se pierde en lo que queda de su memoria, un mundo en el que sus arrugas aun no marcaban su piel, un mundo en el que cabello aún conservaba el color, un mundo en el que ella seguía junto a él.
Sólo cuando la brisa empieza a enfriarse debido a la puesta de sol, el viejo retorna al mundo real, y emprende el viaje de vuelta, dejando en la escalinata su imaginario mundo para el siguiente día esperando que mañana no vuelva a ser hoy.
miércoles 20 de agosto de 2008
Abriendo la ventana
Nunca supo muy bien, los motivos que le llevaron a abrir aquella noche la ventana y aunque ante la policia siempre se escudó en el calor que hacía aquella madrugada de verano, lo cierto es que no se sentía acalorado cuando se alongó desde el alfeifar. Se había despertado en el mugriento sofa que adornaba el salón de su apartamento y aún casi sin levantarse del mismo se desplazó a tientas, con el resplandor de una mortecina luz que provenía de la calle, hasta la única ventana que poseía el habitáculo.
Con la brusquedad que caracterizaba todas sus acciones abrió la ventana y sumergió su cuerpo semidesnudo en la oscuridad de la noche, y así permaneció, en estado de trance, sientiendo como cada poro de supiel era acariciado por el escaso aire que ahogaba la ciudad. Solo salió de aquel estado cuando oyo el griterio de una muchedumbre que se había aglomerado en la calle, quince metros bajos sus ojos y que esperaba el sádico y sangriento final.
Con la brusquedad que caracterizaba todas sus acciones abrió la ventana y sumergió su cuerpo semidesnudo en la oscuridad de la noche, y así permaneció, en estado de trance, sientiendo como cada poro de supiel era acariciado por el escaso aire que ahogaba la ciudad. Solo salió de aquel estado cuando oyo el griterio de una muchedumbre que se había aglomerado en la calle, quince metros bajos sus ojos y que esperaba el sádico y sangriento final.
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